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Aranceles: el arma proteccionista de Trump

Trump ha puesto los aranceles en el centro de su plan económico. Esto ha reabierto el debate sobre su impacto en consumidores, empresas y el comercio mundial.

Pablo González Izquierdo
by the.pabloe
Fuente: Kamil Krzaczynski / Getty Images.

Durante la campaña en Estados Unidos, el expresidente y candidato republicano ha insistido en que subir aranceles a productos extranjeros ayudaría a reactivar la industria nacional y a crear empleo. Su argumento es sencillo, si lo de fuera se encarece, lo de dentro compite mejor. El problema es que, llevada muy lejos, esta estrategia también tiene costes. Muchos economistas alertan de que puede encarecer la cesta de la compra, aumentar los costes de producción de las empresas y provocar tensiones comerciales con otros países. Antes de entrar en las consecuencias, conviene empezar por lo básico, qué es entender que es exactamente un arancel.


Un arancel es un impuesto que se aplica a un producto cuando cruza una frontera. Lo que hace de forma inmediata es subir el precio de ese bien en el mercado interno y eso, en teoría, beneficia a los productores nacionales, porque sus productos pasan a ser relativamente más competitivos frente a los importados.


Aunque los aranceles podrían aplicarse tanto a importaciones como a exportaciones, hoy en día los de exportación son raros y solo suelen aparecer en situaciones muy específicas, normalmente cuando un país quiere proteger un recurso estratégico o controlar su salida.


En el caso de las importaciones, los aranceles suelen tener dos objetivos distintos. Por un lado están los aranceles recaudatorios, cuyo fin principal es ingresar dinero para el Estado, suelen ser bajos para no frenar demasiado el comercio y recaudar por volumen. Por otro lado están los aranceles protectores, diseñados para encarecer de forma clara el producto extranjero y proteger a los productores locales, pero con el coste de reducir el comercio y, muchas veces, también la recaudación. Aquí surge un trade-off evidente, si quieres maximizar ingresos te interesa mantener el flujo de importaciones, y si quieres proteger generalmente necesitas aranceles altos.


Los aranceles pueden aplicarse de distintas formas. Lo más común es el ad valorem, un porcentaje sobre el valor del producto en la aduana. Otra opción es el arancel específico, una cantidad fija por unidad importada, da igual si el producto es barato o caro. Y luego está el arancel mixto, que combina ambas cosas, un porcentaje sobre el valor más una cantidad fija por unidad.


Con esto en mente, se entiende mejor lo que Trump plantea. Su propuesta es agresiva y, si se aplicara, podría cambiar bastante las reglas actuales del comercio internacional. Ha hablado de un arancel “universal” del 10 al 20 por ciento para la mayoría de productos importados y de aranceles mucho más altos para China, del 60 por ciento o incluso más. También ha llegado a sugerir eliminar el trato comercial “normal” con China, lo que implicaría una subida inmediata de aranceles. Y es importante recordar que esta línea no sería completamente nueva, porque en los últimos años también se han mantenido y ampliado aranceles sobre productos chinos, incluso bajo la administración Biden.


Además, Trump defiende la idea de un arancel “recíproco”, es decir, que Estados Unidos imponga a otros países el mismo arancel que esos países aplican a los productos estadounidenses. En su narrativa, esto podría incluso sustituir parte de los impuestos internos con ingresos por aranceles. Y en el caso de México, ha amenazado con aranceles extremos, del 100, 200 o incluso 1.000 por ciento, vinculándolos a presión política por migración y por la entrada de coches de origen chino a Estados Unidos vía México.


La pregunta aquí es quién termina pagando el arancel. Una empresa tiene básicamente tres opciones, subir precios y trasladarlo al consumidor, asumirlo y reducir márgenes, o intentar repartir el coste con el proveedor extranjero, negociando un precio más bajo. Lo que ocurra depende del sector, del poder de negociación y de lo fácil o difícil que sea cambiar de proveedor.


Aun así, la experiencia reciente nos da pistas. Con los aranceles que Trump impuso a productos chinos durante su primer mandato, varios estudios concluyeron que buena parte del coste acabó repercutiendo en los consumidores estadounidenses.


Y no solo afecta al consumidor. Dentro de la industria también crea ganadores y perdedores. Muchas empresas manufactureras dependen de componentes y materiales importados y, si esos inputs se encarecen por aranceles, sus costes suben. Eso puede anular parte de la supuesta protección que se busca.


Un ejemplo muy claro se vio con los aranceles al acero y al aluminio. Es verdad que aumentó la producción nacional de esos metales, pero también subieron los costes para sectores que los usan, como automoción, envases o electrodomésticos. El resultado presentado por análisis que se hicieron fue que, la caída de producción en esas industrias llegó a valer más, en términos económicos, que las ganancias del sector del acero y el aluminio.


Si Trump lleva adelante este plan, es bastante probable que vuelvan las guerras comerciales, como ya pasó en su primer mandato. Entonces, la Unión Europea, China, Canadá y otros países respondieron con aranceles a productos estadounidenses muy concretos, como soja, whisky, zumo de naranja o motos, y eso terminó afectando a las exportaciones de Estados Unidos. Y si ahora las medidas fueran más duras, lo normal es que las represalias también lo fueran, de hecho muchos gobiernos ya están preparando listas de productos estadounidenses que podrían atacar si toca responder.

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